martes, 28 de abril de 2015

Aleksandr Serguéievich Griboyedov, artífice del teatro nacional ruso




Aleksandr Serguéievich Griboyedov, (Александр Сергеевич Грибоедов) nació en Moscú el 15 de enero de 1795 en el seno de una familia noble.  Su padre era un oficial desterrado a un pueblito en la provincia de Vladimir. Su madre le dio a su hijo una perfecta educación enfocada a la Ciencia, pero Aleksandr se matricula en la Facultad de Letras de la Universidad de Moscú, graduándose a los 15 años en Filología. Asiste además a las lecciones de derecho y economía política en la misma universidad. Se interesa y profundiza en historia, filosofía, arqueología y lingüística. Es un gran pianista e incluso compone música, dos de cuyos valses todavía hoy gozan de gran popularidad. Todavía en la Universidad empieza su actividad literaria, escribe epigramas, sátiras y parodias. Dominaba el francés, alemán, italiano, latín y griego. Más tarde aprendió a hablar también árabe, turco y persa. Pertenecía como su contemporáneo Aleksandr Pushkin a una familia de clase alta y se movía en los círculos adinerados de la sociedad rusa. 

A principios de la “Guerra Patria” de 1812 Griboyedov se incorpora al ejercito en un regimiento de caballería de húsares.

En 1814 publica sus dos primeros ensayos “Sobre las reservas de caballería” y “La carta de Brest-Litovsk al editor”, que enseguida le hacen famoso. En 1815 Griboyedov vuelve a San Petersburgo y publica la pieza dramática “El matrimonio joven”. La visión estético-literaria de Griboyedov radicaba en la lucha por la liberación de la literatura nacional de cualquier influencia extranjera, afirmando el heroísmo popular.

En 1816 Griboyedov se retira del servicio militar, considerando que había cumplido con su deber con la Patria, y se incorpora al cuerpo diplomático en San Petersburgo, que le podía mantener económicamente. Lleva una vida ligera muy propia de la juventud aristocrática y no siempre sensata: se afilió a una logia masónica, participó en sonadas fiestas y bacanales y se batió en varios duelos, en uno de los cuales, sostenido contra un tal Yakubóvich, fue herido en una mano, que le quedó desfigurada para el resto de su vida. 

Griboyedov se vio forzado a abandonar San Petersburgo, aceptando su designación como secretario de la misión rusa en Persia, y en agosto de 1818 va al Oriente. En Persia cumple con honor su misión, y logra liberar a los prisioneros rusos.

Regresa a San Petersburgo donde es muy bien recibido por los círculos teatrales de la capital y traduce al ruso obras dramáticas extranjeras. Compone piezas ligeras para favorecer a las actrices favoritas. Griboyedov es considerado uno de los fundadores de la comedia laica. Escribe sus propias comedias que aplaude el público de San Petersburgo como ‘Los jóvenes esposos’, ’La familia y la novia casada’, “La infidelidad fingida”, “Un engaño tras otro”, “El estudiante”, que han pasado al olvido tras el éxito conseguido en salones y círculos de amigos con “El mal de la razón”, una sátira despiadada que critica la hipocresía y el mercantilismo de la sociedad aristocrática rusa. Griboyedov se hace famoso en un plazo muy corto.  

“El mal de la razón” es la cumbre de su creación literaria, una de las obras clásicas de la literatura rusa. Nunca se publicó en su totalidad en vida del autor por motivos de censura, pero fue impresa en la tipografía de un regimiento y se difundió por todo el país. Se puso en escena por primera vez en 1831. La comedia, escrita en verso brillante y fluido, es una atrevida sátira contra la alta sociedad moscovita, donde reinan la falsedad, la hipocresía y el favoritismo. El protagonista, el joven Chatski, formado en el extranjero, regresa a Moscú lleno de ideas liberales y renovadoras que chocan con un muro de incomprensión y el rechazo de todos los que le rodean, incluida su prometida. Los personajes encubrían personas reales y, bajo el nombre de Fámusov estaba un tío del propio autor; el personaje de Sofía correspondía a la hija del anterior y prima por tanto del poeta. el cancerbero Skalozub era una caricatura del ministro del interior Alekséi Arakchéyev y, finalmente, el protagonista principal, Chatski, era, en parte, el propio autor. La comedia, escrita en 1823, aún está sujeta a las tres unidades del Neoclasicismo pero presagia ya, en ese enfrentamiento solitario de su protagonista con la sociedad de su tiempo, un Romanticismo en ciernes. Muchas estrofas de la comedia han llegado a nuestros días como dichos y refranes.

En 1825 en Georgia, Griboyedov fue detenido como sospechoso de participar en el complot de los Decembristas, que se identificaban con el espíritu de ‘El mal de la razón’. Tras dos meses de arresto fue declarado inocente, restituido y ascendido a Ministro plenipotenciario. En sus frecuentes viajes de Moscú a Teherán, solía detenerse en Tiflis, donde estableció estrechos contactos con los poetas e intelectuales de Georgia como Vajtang Orbeliani, Nikoloz Baratashvili y Aleksandr Chavchavadze, destacado hombre de Estado, con cuya hija Nina contrajo matrimonio en 1828. 

Por entonces la conclusión del Tratado de Turkmanchái que reafirmaba el poderío ruso en Oriente fue motivo de descontento popular pero el verdadero detonante fue el hecho de dar refugio en la embajada a dos armenias huidas del harén real. Griboyedov fue instado a entregar a las fugitivas, pero sabiendo el cruel destino que las esperaba se opuso. Su decisión degeneró en una manifestación de inusitada furia que sitió la legación rusa con brutal violencia. El día 30 de enero de 1829 la Embajada rusa en Teherán fue atacada y saqueada por fanáticos musulmanes y todos los miembros de la misión diplomática rusa fueron linchados, con la única excepción del secretario Maltsov, que logró huir. El cuerpo sin vida de Griboyedov fue arrastrado por la turba durante tres días por las calles de Teherán y sólo pudo ser identificado por su mano desfigurada. Su cuerpo fue trasladado a Rusia para ser sepultado en la Patria. Sólo tenía 34 años y hacía apenas unos meses que estaba casado. 

Para conciliar al zar, el sha de Persia le envió en señal de paz un fabuloso diamante de 88,70 quilates, llamado "El Sha", que se guarda en el Fondo de Diamantes del Kremlin de Moscú.




En la historia de la literatura rusa se recuerda a Griboyedov como brillante comediógrafo, uno de los artífices del teatro nacional ruso. Su tumba, coronada por un hermoso monumento funerario, se encuentra en el Panteón de Mtatsminda, a las afueras de Tiflis. Yuri Tiniánov dedicó la novela “La muerte de Vazir-Mujtar” a los últimos años del escritor.

sábado, 18 de abril de 2015

Fiódor Kusmich, el ermitaño que antes fue zar

Alejandro I fue en los primeros años de su mandato un monarca popular amado por el pueblo ruso. Educado por el abogado republicano suizo Frédéric-César de La Harpe en los principios del despotismo ilustrado, parece moderado en contraste con sus predecesores Catalina II y Pablo I, permitiendo a los siervos comprar su libertad. 



En 1812, y con la gran ayuda del ‘general invierno’ y la pequeña de un regimiento de españoles prisioneros de los franceses que se pasaron al enemigo, salva a Rusia expulsando a las tropas de Francia del país. Tres años después, a la caída de Napoleón, se encuentra en el apogeo de su gloria como ‘libertador de Europa’. 

La influencia intelectual de la baronesa Barbara von Krüdener le acercó al misticismo cristiano, plasmado en la formación de la Santa Alianza: una coalición de las monarquías europeas para preservar el orden tradicional frente a las amenazas del liberalismo y del nacionalismo. Abandona, pues, sus ideas reformistas y se torna místico y conservador. 

Sobre su conciencia gravita el peso del derrocamiento y muerte de su padre el zar Pablo. Su nueva política le aleja del pueblo y teme un golpe de Estado. Alejandro sueña con abandonar el poder y no deja de repetir a sus más cercanos que abdicará antes de cumplir 50 años. Escribe a Guillermo de Prusia diciéndole que quiere dejar la corona a su hermano y retirarse para vivir como ermitaño. La melancolía lo carcome, recorre sin cesar su imperio, buscando escapar de sus recuerdos. Inmerso en una gran depresión, para tratar de aligerar su dolencia se traslada a las costas del mar de Azov, en Crimea, en busca de paz. El 16 de noviembre de 1825, Alejandro llega a su castillo de Taganrog. Acaba de cumplir cincuenta años. Quince días más tarde, el 1 de diciembre de 1825  anuncian la muerte del zar Alejandro I por paludismo.

Posteriormente se comprobó que el informe de su autopsia era falso. Lleva las firmas de médicos que confesaron no haber estado en Taganrog ese día; las conclusiones de este documento están en contradicción con lo que se sabe de Alejandro: ninguna mención de hipertrofia del bazo, síntoma evidente del paludismo; la descripción de una cicatriz en la pierna derecha, cuando es en la izquierda donde Alejandro tenía una; rastros de una lesión encefálica secuela de una sífilis que Alejandro jamás padeció. Conforme la costumbre, el cadáver es expuesto varios días en público. En la iglesia de Taganrog, los visitantes quedan sorprendidos: la cara del soberano está irreconocible, casi descompuesta. El príncipe Volkonsky, encargado de los restos, escribe: “La cara está ennegrecida por el aire húmedo y los rasgos del difunto están completamente cambiados”.

Once años después, cuando se suponía que el zar llevaba todo ese tiempo muerto y enterrado en San Petersburgo, en el otoño de 1836, un sorprendente personaje de unos sesenta años es tomado preso en la provincia de Perm. Este caballero de ademanes nobles se presenta como un vagabundo de nombre Fiódor Kusmich (Фёдор Кузьмич) de vuelta de un largo viaje por Tierra Santa. Los policías quedan sorprendidos por su soltura y sus aires de gran señor. Pero, conforme a las leyes en contra de la vagancia, el prisionero es deportado a Siberia. Este no protesta. Durante largos años trabaja en una destilería y después en una mina de oro. 

Pero Kusmich no es un hombre ordinario. Brota de él una nobleza moral sólo igualada por su piedad y, poco a poco, llega a ser considerado como un stárets, un hombre santo. Instalado en una pequeña casa en Krasnoretchensk, Fiódor Kusmich no pide nada. Sin embargo, numerosos visitantes, como el obispo de Irkutsk, vienen a entrevistarse con él. El ermitaño sorprende: habla varios idiomas extranjeros, conoce perfectamente todos los acontecimientos políticos y a los grandes dirigentes, se apasiona cuando cuenta, con una precisión increíble, la guerra de 1812 y los detalles de la entrada del zar Alejandro en París. Todos los testimonios concuerdan: sólo se puede tratar de una persona que haya vivido esos acontecimientos desde una alta posición del Estado. 

Se cuenta que un veterano de la guerra de 1812 al cruzarse un día con el ermitaño (al que no conoce) se arrodilla frente a él al haber reconocido a su amo, el zar Alejandro. Fiódor Kuzmich se enoja y calla al soldado: "yo soy sólo un vagabundo", repite varias veces. Comenzaron las sospechas de que aquel hombre era Alejandro I. Algunos documentos prueban que el vagabundo recibió en secreto la visita de varios miembros de la familia imperial, entre ellos la del zar Alejandro II en 1837. El zar Nicolás II visitó la tumba de Fiódor Kusmich en 1893.



Fiódor falleció en Tomsk (Siberia) en 1864, fue canonizado por la iglesia rusa en 1984, gozando de gran veneración por parte de la familia imperial, lo que alimentó la sospecha de que este ermitaño se trataba realmente de Alejandro I.

Finalmente cuando, 40 años después de la muerte del zar, su sobrino nieto Alejandro III, para acabar con la leyenda, hace abrir el sarcófago que se guarda en la cripta de los Romanov en la catedral de Pedro y Pablo en San Petersburgo para enseñarle al mundo los restos de su antepasado, sólo encuentra un ataúd vacío. También se volvió a abrir la tumba en 1926, con evidentemente el mismo resultado y así sigue al día de hoy. Nadie nunca ha podido dar una explicación a la desaparición de Alejandro I.



El episodio está tan aceptado en Rusia que Leon Tolstoi lo recoge en su libro “Guerra y Paz” donde asegura que aquel eremita era el zar Alejandro.

Alexis S. Troubetzkoy ha estado documentándose durante 20 años para publicar en 2002 un extenso libro titulado Imperial Legend: The Mysterious Disappearance of Tsar Alexander I, uno de cuyos cinco ejemplares en venta por IberLibro espero recibir próximamente.


MAG/18.04.2015

martes, 14 de abril de 2015

Iván Andréyevich Krylov, el fabulista de la literatura rusa



Iván Andréyevich Krylov, (Иван Андреевич Крылов), nació en Moscú el 21 de noviembre de 1769, hijo de un distinguido militar, que falleció cuando Iván tenía 10 años. Se trasladaron madre e hijo más tarde a San Petersburgo en busca  de una pensión del gobierno. Krylov consiguió un empleo en la Corte, que abandonaría al cumplir 19 años para dedicarse íntegramente a su carrera literaria, como periodista y dramaturgo. Un editor le compró una comedia, Kofeynitsa, escrita a los 14 años, resultando premiada con 60 rublos que invirtió en obras de Molière, Racine y Boileau. 

A comienzos de 1789, Krylov abordó por tres veces el lanzamiento de una revista literaria, aunque ninguno de los intentos superó el año de vida. Sin embargo, la sátira y humor en sus comedias sí merecieron el reconocimiento en los círculos literarios. 

De 1797 a 1803 trabajó para el príncipe Sergei Galitzine, gobernador militar de Livonia, como secretario y tutor de sus hijos. Cuenta le leyenda que durante dos años Krylov vagó por el país jugando a las cartas. 



En 1806 aparece en Moscú y muestra su traducción de las fábulas de La Fontaine al poeta y fabulista Iván Dmitriev, quien le anima a escribir más. Regresa a San Petersburgo y se dedica sin embargo a escribir comedias satíricas con éxito creciente, como ‘Modnaya lavka (‘El negocio de moda’) en 1806 y Urok dochkam,(‘Lecciones a las hijas’) en 1807, en las que satiriza el afrancesamiento de la nobleza rusa. En 1809 vuelve a escribir un volumen de 23 fábulas que tuvieron un gran éxito. A éste siguieron otros ocho volúmenes entre 1810 y 1820 del mismo género, inspiradas menudo en las fábulas de Esopo y La Fontaine, que revelan el pensamiento pequeño-burgués de Krylov, atacando todos los vicios humanos, pero en especial la incompetencia, la arrogancia y la estupidez con especial referencia a la vida contemporánea. Gracias a sus 200 fábulas, Krylov alcanzó una inmensa popularidad y el reconocimiento posterior del fabulista por excelencia de la literatura rusa. El llamado ‘Estanque del Patriarca’ en Moscú está adornado con estatuas de los personajes de las fábulas de Krylov.



De 1812 a 1841 Iván Andréyevich Krylov fue empleado por la Biblioteca Pública Imperial ascendiendo a jefe del departamento de Libros Rusos. En 1811 fue admitido como miembro de la Academia Rusa de las Ciencias, que le otorgó la medalla de oro en 1823. Bajo el patrocinio del zar Nicolás I, con quien Krylov tenía lazos de amistad, se organizó en 1838 un gran festival en honor de éste, asignándole el emperador en dicha ocasión una pensión generosa. 

Dos años más tarde, Krylov dejó prácticamente de escribir, adoptando una vida sedentaria que le ocasionó dos hemorragias cerebrales. Para su recuperación la zarina Carlota lo mandó trasladar al Palacio Pavlovsk, donde falleció en 1844 a la edad de 75 años. 


MAG/14.04.2015


domingo, 5 de abril de 2015

La princesa Catalina Dáshkova, primer Presidente de la Academia Rusa de Ciencias



Catalina Románovna Vorontsova, princesa Dáshkova (Екатери́на Рома́новна Воронцо́ва-Да́шкова), conocida generalmente como Catalina Dáshkova, nació en San Petersburgo el 17 de marzo de 1743 en el seno de una familia de la vieja nobleza rusa. Su padre amasó una inmensa fortuna y era notoria su arrogancia durante el reinado de Pedro el Grande. Su madre falleció cuando Catalina Dáshkova tenía dos años y su educación fue encomendada a su tío Mijáil Vorontsov.

A sus 15 años Catalina se enamoró del Príncipe Dashkov, y del matrimonio nacieron un hijo y una hija.  Enviudó a lo 20 años.

Catalina recibió una educación esmeradísima como pocas jóvenes europeas habrían podido recibir en el siglo XVIII. Estudió Matemáticas en la Universidad de Moscú. Aprendió francés, ruso, alemán e italiano. Leía con placer a Voltaire, Montesquieu, Bayle, Boileau y Helvétius.

En 1758 Catalina Dáshkova conoció a la futura Catalina la Grande, quien la valoró por sus conocimientos y prestigio en la alta sociedad rusa, incorporándola a la Corte, donde se posicionó en el bando que conspiraba contra Pedro III, a pesar de que éste ocasionalmente se llevaba a su lecho a la hermana menor de Catalina Dáshkova. Ello no fue óbice para que en 1762 ésta participase activamente en el golpe de Estado que destronó al zar Pedro III  y que llevó al trono a su esposa Catalina. En agradecimiento, la Dáshkova fue condecorada con la Orden de Santa Catalina, pero, a partir de ese momento, los lazos de amistad entre las dos Catalinas se fueron aflojando.

Catalina Dáshkova tuvo que retirarse al campo con sus dos hijos, donde pasó cinco años viviendo una vida espartana. En busca de la mejor educación para sus hijos emprendió con ellos un viaje por la Europa de la Ilustración. Gracias a su reputación literaria y científica fue bien recibida en las Cortes europeas. Se reunió en Ginebra con su ídolo Voltaire y en París con Diderot y Benjamín Franklin quien la invitó a ser el primer miembro femenino de la Philosophical Society. Catalina Dáshkova correspondió más tarde a esa distinción nombrando a B. Franklin el primer estadounidense miembro de la Academia Rusa de Ciencias.



En 1782 Catalina Dáshkova regresó a Rusia ganando de nuevo el favor de la emperatriz, quien la nombró Directora de la Academia de Artes  y Ciencias de San Petersburgo. Dos años más tarde Catalina Dáshkova se convirtió en la primer mujer Presidente de la Academia Rusa de Ciencias, fundada a sugerencia de la propia Dáshkova, desde donde fue la principal responsable de la publicación del primer gran diccionario y gramática en lengua rusa en sólo seis años, además de impulsora de la reforma educativa. A lo largo de los 12 años de su presidencia Catalina Dáshkova mandó construir un nuevo edificio para la Academia, restauró su imprenta y relanzó las expediciones científicas. Favoreció la publicación de los trabajos académicos del gran científico Mijáil Lomonosov y ella misma es autora de al menos una obra dramática, 'Las bodas de Fabián', y una comedia titulada 'Toisiokov' (1786). Escribió sus memorias y versos en ruso y en francés.

Catalina la Grande, inquieta por los aires republicanos procedentes de Francia, sospechó de la Dáshkova, al publicar la Academia una obra en la que se elogiaban las libertades republicanas. Catalina Dáshkova presentó su dimisión como Presidente de la Academia Rusa de Ciencias en 1794.

Dos años más tarde, falleció Catalina II la Grande, y al ascender al trono su hijo Pablo I desterró a un pueblecito cerca de Nóvgorod a la Dáshkova y a todos aquellos que formaban parte del bando que consiguió destronar y matar a su padre Pedro III. Catalina Dáshnova no pudo regresar a Moscú hasta el 1801, con la subida al trono de Alejandro I. La princesa Dáshkova se retiró a una propiedad de su antiguo marido donde se dedicó a escribir sus memorias, 'Mon histoire', hasta el fin de sus días el 4 de enero de 1810.

Catalina Dáshkova fue conspiradora, política, filóloga, lingüista y escritora. Sus memorias permanecen todavía en catálogo por su agudeza en la narración de la vida y el tiempo de Catalina la Grande.

La escritora anglo-irlandesa Catherine Wilmot con quien que se encontró en Inglaterra en lo años 1776 y 1780, describía así a la Princesa Dáshkova:

"Ayuda a los albañiles a construir paredes, a los peones camineros en las carreteras,  da de comer a las vacas, compone música, canta e interpreta, escribe para la prensa, recoge maíz, habla en la iglesia, corrige al sacerdote. Ejerce de médico, boticario, veterinario, carpintero, juez, abogado. Mantiene correspondencia con autores, con filósofos, con poetas, con toda su familia, y además parece que le sobra tiempo".


MAG/06.04.2015

jueves, 19 de marzo de 2015

François Lefort, el ginebrino amigo y mentor de Pedro I el Grande



François Jacques Lefort, más tarde conocido como Franz Iakovlevitch Lefort (Франц Яковлевич Лефорт), nació en Ginebra el 2 de enero de 1656, hijo de un comerciante que deseaba que siguiera sus mismos pasos. Y a tal fin, cuando alcanzó los 14 años, su padre lo envió a Marsella para que se familiarizara con el arte de comerciar. Sin embargo, François tenía otros planes. Deseaba ser soldado. A los 18 años se marchó a Holanda y se enroló en el ejército con el doble objetivo de ganar prestigio y conocer mundo.

La amistad con el hijo del Duque de Curland, Karl-Jacob, determinó su futuro. Ambos jóvenes recibieron su bautismo de fuego atacando una fortaleza defendida por el enemigo junto al río Maas en Holanda. Su regimiento, al mando del futuro Duque de Curland, fue enviado a Nimega, donde las naciones europeas en conflicto negociaban lo que se llamaría el Tratado del mismo nombre entre España, que apoyaba a Holanda, y Francia. Alcanzada la paz, el coronel holandés van Frosten recluta oficiales para su incorporación al ejército ruso y Lefort se integra en la unidad de aquél. Desembarcan en Arkhangelsk, donde el gobernador se niega a darle el pasaporte para seguir hasta Moscú, pero finalmente lo consigue con la  ayuda de un comerciante de Basilea. Llega a Moscú en febrero de 1676 y se instala en el Barrio Alemán (Nemetskaia sloboda), donde los artesanos alemanes, suecos y daneses hacen sus fortunas al servicio del zar. Lefort logra ser presentado al cónsul de Dinamarca, M. de Horn, quien aprecia su talante y pide lo acompañe a una recepción con el zar Teodoro III. Éste lo pone a su servicio con el grado de capitán.

Comienza la guerra entre Rusia y Turquía y Lefort es enviado al frente de Crimea, donde destaca por su valentía e inteligencia y el zar, convencido de la necesidad de disponer de oficiales extranjeros en su ejército, confirma a Lefort en su rango. A fin de reforzar más su posición, aprende ruso y se casa a los 22 años con Souhay, hija de un teniente-coronel francés al servicio de Rusia. 

En 1679 recibe la orden de incorporarse a la guarnición de Kíev a las órdenes del General Patrick Gordon (militar escocés sirviendo los intereses de Rusia) y del todopoderoso príncipe Vasili Golitsin, quien valora muy positivamente el comportamiento del joven capitán.

Restablecida la paz, Lefort emprende viaje a Ginebra, donde llega el 13 de abril de 1682 y, a pesar de las recomendaciones de familiares y amigos, regresa a Rusia un mes más tarde, diciendo: Mon cœur est tout entier à la Moscovie. De camino conoce el fallecimiento del zar Teodoro III.

A su regreso a Moscú, la casa de Lefort se fue convirtiendo poco a poco en el lugar de atracción  principal de Nemetskaia sloboda. Participaban, además de los residentes extranjeros, nobles rusos, como Vasili Golitsin. Parece que Lefort utilizó su buena relación con éste para ser ascendido a comandante.

En 1687 y 1689 Vasili Galitsin emprendió dos campañas contra tártaros y otomanos en Crimea, que resultaron en fracaso. Lefort, sin embargo, fue condecorado  y ascendido a coronel. 

En agosto 1689, el joven Pedro teme las intenciones de su hermanastra Sofía y se refugia en el monasterio de la Trinidad y San Sergio. El 4 de septiembre llegan al monasterio el general Gordon y el coronel Lefort para apoyar al futuro zar. El agradecimiento de Pedro se traduce en continuas visitas al Barrio Alemán, lo que no es muy bien visto por la nobleza rusa. 

Lefort se convierte en asesor, jefe militar, diplomático  y confidente del joven zar. Es quien vierte en Pedro ideas y costumbres europeas, y el zar se lo agradece colmándolo de regalos y entre ellos un ascenso a general a sus 34 años. 

Pero la casa de Lefort en Nemetskaia sloboda resulta pequeña para recibir al joven zar y su séquito. Éste ordena modificarla añadiendo a la estructura una sala capaz de acomodar a 1500 huéspedes. Uno de los criados de Lefort describía así a su patrón: “En la Corte todo el mundo habla de Su Excelencia y Lefort. Son inseparables. Desde que Moscú es Moscú, nunca ha habido un extranjero dentro de sus fronteras que haya conocido tanta autoridad. Podría ser riquísimo si no fuera tan generoso, pero precisamente por ello ha alcanzado tan alta reputación.”



Lefort jugó un papel muy importante en la reorganización del ejército ruso, siguiendo el modelo de las fuerzas armadas europeas. Para instruir a los soldados y poder aplicarles una férrea disciplina le pidió al zar que le proporcionara una plaza cuadrada cerrada por 500 casa para los soldados y sus familias. Esta plaza de armas fue el germen del barrio Lefortovo que actualmente se puede visitar en Moscú.

Todavía a finales del siglo XVII Rusia no tenía salidas ni al Mar Báltico ni al Mar Negro. A pesar de su gran extensión territorial, carecía de puertos y de barcos. Los intentos militares del zar Alejo I y de la zarevna Sofia habían fracasado. Los historiadores creen que fue Lefort quien convenció al zar para que enviase un ejército de 30000 hombres a la ciudad de Azov buscando una salida al Mar Negro con lo que se establecerían lazos directos con los países europeos. En 1695 Pedro I ordena una campaña militar en la que figuraba su promotor el general Lefort, quien en batalla arrancó personalmente a los otomanos una bandera, hecho que supuso su promoción a Teniente General. 

Azov era una ciudad fortificada por los turcos a orillas del río Don situada a unos 3 km del al Mar de Azov. Pedro I estaba convencido de que conquistaría fácilmente la ciudad, pero la falta de coordinación entre sus generales y una peor intendencia de alimentos y munición a sus tropas que la que recibían los otomanos desde el mar, hizo que las tropas rusas tuvieran que retirarse con un número importante de bajas. 

El zar llegó a la conclusión de que necesitaba naves y eligió el pequeño pueblo de Voronezh para su astillero, como primer paso para poder cumplir sus ambiciones de navegar por los mares Negro y Báltico, este último en manos de los suecos. Soñaba también en acceder al Mar Caspio y establecer relaciones con los ricos países asiáticos. Pedro I ordena construir cinco navíos grandes y dos galeones nombrando a Lefort Almirante-jefe de la flota rusa. En el pueblo de Preobazhenskoye, a las afueras de Moscú, se levanta un aserradero que produce las piezas que son transportadas para su ensamblaje en el astillero de Voronezh. Lefort trabaja incansablemente entre Moscú y Voronezh, hasta enfermar, para cumplir los deseos del zar. 



En la primavera de 1696 la flota rusa está integrada por dos navíos de guerra, 23 galeones y 4 brulotes (cargados de explosivos para ser lanzados contra los barcos enemigos) así como varias docenas de gabarras y botes. Este gran esfuerzo fue compensado con la toma de la localidad de Azov y la salida rusa al mar. En Moscú las tropas victoriosas, precedidas por los carruajes de los generales y el almirante Lefort, fueron recibidas como héroes desfilando bajo un arco de triunfo erigido para la gran ocasión. El zar mismo desfiló, espada en mano, desde el pueblo de Preobazhenskoye con los marinos que portaban 16 banderas arrebatadas al enemigo otomano.

Seis meses más tarde, Pedro I el Grande organiza la Gran Embajada (Великое посольство) presidida por tres altos dignatarios, uno de los cuales era Lefort, y en la que el propio zar viajaba de incógnito bajo el nombre de Pierre Mijáilov. Cada uno de los tres altos embajadores estaba acompañado por 12 caballeros y dos pajes. También había intérpretes, jinetes, médicos, cirujanos, sacerdotes y orfebres. En total, el séquito lo componían 250 personas incluyendo a guardias de seguridad y sirvientes. La Gran Embajada parte de Moscú el 20 de marzo de 1697 e invierte 18 meses en su periplo.

Eran los objetivos de la misión diplomática: establecer una alianza de las naciones europeas para expulsar a los turcos del Mar Negro, reclutar expertos europeos para Rusia y comprar armas y munición para las fuerzas terrestres y navales rusas, así como conocer los estilos de vida de las poblaciones europeas. Los embajadores de la misión prepararon visitas a Amsterdam, Berlín, Viena, Copenhague, Venecia y Londres. Francia y España fueron excluidas, la primera por sus relaciones con Turquía y España por hallarse a las puertas de la guerra de sucesión. 

En Königsberg, Pedro aprende la profesión de artillero y en Amsterdam se hace aprendiz de carpintero. Deja a la Gran Embajada en Ámsterdam, se embarca con destino a Londres, en dónde permanece durante tres meses con algunos sirvientes. El rey Guillermo III de Orange (conocido experto en construcción naval, de muelles y artillería) lo visita en varias ocasiones. En Inglaterra, el zar visita la Academia de las Ciencias, la Universidad de Oxford, el castillo de Windsor, el arsenal de Woolwich, los muelles, una constructora de cañones y la casa de Isaac Newton. 

En Viena se reúne con Leopoldo I de Austria con el que tampoco consigue forjar su esperada alianza. Por último, su visita a Venecia fue cancelada debido a las noticias sobre la sublevación de los streltsy que trataron de restaurar a la zarevna Sofía en el Kremlin durante la ausencia de Pedro I.

Regresa a Moscú el 5 de septiembre de 1698, tras 16 meses de viaje, que le permitió acumular muchos conocimientos en diversos campos, y poner los cimientos de la alianza Ruso-Sueco-Polaca en la Gran Guerra del Norte. 

François Lefort murió en Moscú el 2 de marzo de 1699 a la edad de 43 años. Cuando le fue comunicada la mala nueva, Pedro lloró y  pronunció estas palabras: “Nunca jamás volveré a tener un amigo tan fiel. Ya no me queda nadie en quien apoyarme”.

Por decisión del zar el entierro de Lefort se desarrolló con gran pompa. Lo abría el propio zar al frente de la primera compañía del regimiento de élite Preobrazhensky. Al ritmo triste de un tambor, desfilaron tres regimientos con las banderas arriadas seguidas de armones de artillería. Tras el carruaje fúnebre tirado por 16 caballos negros se veían a tres oficiales que portaban sobre cojines de terciopelo negro la gorra de almirante, la espada y las espuelas. Tras ellos un jinete con armadura resplandeciente y plumas precedía a los embajadores extranjeros y a casi un millar de nobles moscovitas.  



Poco después del fallecimiento de su amigo y compañero de armas, Pedro el Grande quiso erigir un monumento a quien sirvió con total entrega a los intereses de Rusia. Por razones desconocidas no se llegó a levantar en tiempos del zar y siglos más tarde se puede ver a la entrada del parque en el barrio Lefortovo de Moscú el monumento-obelisco de Pedro I de Rusia y Franz Lefort.

Probablemente la estrecha amistad entre ambos se debía a que compartían temperamento y gustos. Lefort era un soldado hábil e infatigable, un anfitrión generoso y un resistente bebedor, cualidades éstas que Pedro apreciaba más que los calvinistas que Lefort había dejado en Ginebra.

Alexei Tolstoy en su famosa novela ‘Pedro el Grande’ describe como éste veía en Lefort “el reflejo de sus sueños de países lejanos, hermosas ciudades y puertos con barcos alineados y valientes marineros oliendo a tabaco y ron, tal como él se imaginaba cuando veía cuadros y hojas impresas que le hacían llegar de otros países”.

Y Gottfried Leibniz que conoció muy bien a Lefort durante los años que pasó en Rusia lo describía así en una carta a un amigo: “Fue quien metió en la cabeza del zar los planes de viaje y de reforma. Es un heroico bebedor. Nadie puede competir con él. Empieza a beber por la tarde y no aparta el vaso ni su pipa hasta tres horas después de la puesta de sol. Por otra parte, es un hombre de mente muy viva”.


MAG/18.03.2015


domingo, 8 de marzo de 2015

La zarevna Sofía Alekséievna Románova



La zarevna Sofía Alekséievna (царевна Сóфья Алексéевна) (1657 - 1704) fue una princesa rusa, hija del zar Alejo I y de Maria Miloslavskaya, hermana de los zares Teodoro III e Iván V y hermanastra de Pedro I. Fue la primera mujer que gobernó Rusia en su condición de regente desde 1682 hasta 1689. 

Ya en su niñez mostró gran inteligencia, por lo que su padre decidió que compartiera la educación del heredero Teodoro que les proporcionaba el prestigioso poeta y monje Simeon Polotsky. 

Cuando el zar Teodoro III falleció inesperadamente y sin descendencia en 1682, el heredero al trono era su hermano menor de 15 años Iván, medio ciego y mentalmente desvalido. La zarevna Sofía asistió a su funeral, con gran escándalo pues nunca antes lo había hecho una mujer. 

Ante el riesgo de que el trono pasase a manos de su medio-hermano Pedro, de diez años, bajo la regencia de su madre Natalia Narýshkina, Sofía Alekséievna decidió impedirlo aliándose con un cortesano y político singularmente apto, el príncipe Vasili Golitsin, e instigando a la revuelta a los streltsy, cuerpo militar de élite fundado en tiempos Iván IV, para lo cual nombró jefe al boyardo príncipe Iván Jovanski. Este hecho histórico es narrado en la ópera Jovánschina de Músorgski. 

Comenzó así una brutal y sangrienta acción de limpieza, que terminó cuando la zarevna Sofía hábilmente convenció a la Duma de que la solución al conflicto estaba en nombrar a Iván zar mayor y a Pedro zar menor, y a ella regente bajo la protección de la familia de los boyardos Miloslávskie. 

Iván y Pedro fueron coronados co-zares el 25 de julio de 1682 en la Catedral de la Dormición en el Kremlin. El doble trono hecho para los co-zares se puede ver hoy en el museo de la Armería del Kremlin. 

La zarevna Sofía Alekséievna nombró primer ministro al príncipe Vasily Vasilievich Golitsin, perteneciente a una de las familias más aristocráticas de Rusia, que pretendía civilizar a su país introduciendo la ciencia, la literatura y las bellas artes europeas. Golitsin se distinguía de los boyardos moscovitas, con sus barbas espesas y sus pesados caftanes, por llevar un fino bigote y una barba recortada como la del pintor Van Dyke y sobre los hombros una capa de piel. Diríase que acababa de llegar de Holanda. 

En otoño de 1682 los viejos creyentes se unieron a los rebeldes pidiendo la derogación de la Reforma del patriarca Nikon, y el príncipe Iván Jolanski, al frente de los streltsy, creyó que se le presentaba la oportunidad para desplazar a Sofía Alekséievna como regente. La zarevna y su Corte tuvieron que huir y refugiarse en el Monasterio de la Trinidad y San Sergio. Finalmente Sofía Alekséievna logra suprimir la rebelión con la ayuda de Fiódor Shaklovityi, que sucede a Jovanski como jefe del ejército moscovita. Sofía Alekséievna manda ejecutar a Iván Jovanski y a sus directos colaboradores.


Durante su regencia, Sofía hizo algunas concesiones a los burgueses y atenuó las penas para los siervos fugitivos lo que causó una gran insatisfacción entre la nobleza. Llevó a cabo una reorganización del ejército. Atraída por la arquitectura barroca, promovió la creación de un barrio extranjero y fundó el primer centro de estudios superiores en Rusia, una academia eslava grecolatina. 

Las acciones más importantes que caracterizaron su política fueron el Tratado de Paz Eterna de 1686 con Polonia, el Tratado de Nérchinsk con la China imperial (primer acuerdo con un país no-oriental) en 1689 y las campañas de Crimea contra de los turcos. 

Cuando Pedro cumplió los 17 años, sus parientes pidieron que Sofía entregase la regencia. Fiódor Shaklovityi le aconseja autoproclamarse zarina e inducir a los streltsy a una nueva revolución. Sin embargo, muchas unidades de los streltsy abandonaron Moscú hasta el Monasterio de la Trinidad y San Sergio, donde desde1689 vivía el joven zar, para advertirle que su poder estaba siendo amenazado. Sofía envió a boyardos y al Patriarca a que solicitasen a Pedro que se reuniera con ella en el Kremlin. Él rehusó firmemente la invitación, y apoyado por sus regimientos Preobrazhenski y Semiónovski, conjuró el peligro de la sublevación, pidiendo la pena de muerte para Shaklovityi y el exilio para Vasili Golitsin. 

Cuando Sofía acordó su rendición ante los boyardos más ancianos, fue puesta bajo arresto domiciliario y obligada a retirarse en el Monasterio Novodévichi, sin embargo no tomó los hábitos. En 1698 los streltsy trataron de restaurar a Sofía en el Kremlin durante una ausencia de Pedro I. Esta rebelión fue suprimida rápida y duramente, y muy pronto los cadáveres de los cabecillas fueron puestos frente a la ventana de Sofía. Ella tomó rápidamente los hábitos y fue puesta bajo la más estricta clausura, con instrucciones específicas para que el resto de las monjas no la vieran a excepción del día de Pascua.



Murió en el convento seis años más tarde, el 3 de julio de 1704. 

En la novela histórica del escritor chino Jin Yong titulada ‘El reno y el caldero’ se describe cómo el joven protagonista Wei Xiaobao viajó a Rusia para ayudar a Sofía en la rebelión para desplazar del trono a su hermanastro Pedro I. Se especula que este hecho fue el origen del Tratado de Nérchinsk con la China imperial. 

Vanessa Redgrave interpretó el papel de Sofía Alekseyevna en la miniserie de TV en 1986 ‘Pedro el Grande’. Por su interpretación le fue concedido un premio Emmy. 


MAG/08.03.2015

sábado, 28 de febrero de 2015

El cisma de la iglesia ortodoxa rusa: el arcipreste Avvakum frente al patriarca Nikon

Cuando se examina el enconado conflicto religioso que enfrentó en el último cuarto del siglo XVII a dos facciones distintas de la Iglesia ortodoxa, origen del gran cisma que separó para siempre en dos el cuerpo de los fieles, lo primero que llama la atención es la aparente banalidad de la disputa. No se debatieron cuestiones de dogma, principios de fe, nociones y creencias, sino aspectos de la liturgia, costumbres y tradiciones relativas a las formas y el modo de oficiar, así como la revisión de algunos pasajes de los libros sagrados, distorsionados por erróneas interpretaciones y traducciones inciertas. El principal motivo de la discordia fue la modificación de la manera de santiguarse. Los partidarios del patriarca Nikon y de las reformas de corte helenizante propugnaron e impusieron que los fieles hicieran la señal de la cruz con tres dedos; los inmovilistas recalcitrantes, defensores de los usos antiguos y de las tradiciones de la Santa Rusia, abogaban por continuar santiguándose con dos dedos, como enseñaban los tiempos pasados y la venerada opinión y saber de los jerarcas antiguos. ¿Es posible que un desacuerdo sobre una cuestión tan superficial fuera el detonante de ese cisma proceloso y de las abominables violencias que acompañaron su desarrollo?. Pero es que, en el fondo, no se trataba de una cuestión banal y secundaria. El gesto en sí encerraba un significado profundo, incluía un simbolismo sutil y complejo que el propio arcipreste Avvakum detalla y comenta en uno de los pasajes finales de su Vida, titulado «Del modo de unir los dedos»: 

Cualquier verdadero creyente debe unir los dedos de la mano de modo claro y firme y persignarse teniéndolos así. No debe hacerse la señal de la cruz con mano incierta y poco celo, dando satisfacción a los demonios, sino llevándose la mano a la cabeza, al vientre y después a los hombros, recitando la oración de modo que el cuerpo y la mente presten atención a esos misterios, ya que los dedos de la mano configuran los misterios sumos. Eso es lo que hay que entender. Según la tradición de los Santos Padres, se deben juntar los tres dedos del siguiente modo: el pulgar, el meñique y el anular deben unirse en el extremo; representan la divinidad en las tres personas (hipóstasis), Padre, Hijo y Espíritu Santo. Luego el índice y el corazón, que deben unirse doblando ligeramente uno de los dos, el corazón: eso representa el testimonio de la humanidad y la divinidad de Cristo. El acto de llevar la mano a la cabeza significa el espíritu no creado: el padre que genera al Hijo, Dios eterno. El acto de llevarla al ombligo simboliza la encarnación de Cristo, hijo de Dios, por la santa y divina Virgen María. Llevar la mano al hombro derecho representa la ascensión de Cristo, que está sentado a la diestra del Padre, lugar en el que también se encuentran los justos. Llevar la mano al hombro izquierdo significa la separación de los pecadores y los justos, así como la expulsión de los primeros, sus tormentos y condena eterna. De ese modo enseñan a unir los dedos los Santos Padres: Melecio, arzobispo de Antioquia, el beato Teodoreto, obispo de Cirenaica, Pedro Damasceno y Máximo el Griego. Y así está escrito en muchos libros, en los salterios, en el Libro de Cirilo, en el Libro de la fe, en el libro de Máximo, en el libro de Pedro Damasceno y en la vida de Melecio. En todas partes los santos dicen unánimemente de este misterio lo que acabamos de decir.

Baste esa cita, de paso, para desbaratar las opiniones de quienes consideran a los cismáticos (raskolniki) meros oscurantistas analfabetos y retrógrados, incultos y desencaminados.

Por otro lado, debe señalarse que las reformas introducidas por el patriarca Nikon, de acuerdo con el zar Alekséi Mijáilovich, no se reducían al modo de santiguarse, sino que afectaban a otros aspectos fundamentales de la liturgia, verbigracia: el Aleluya, antes pronunciado dos veces, pasaba a pronunciarse tres; las siete hostias en la celebración de la eucaristía se reducían a cinco; la forma de prosternarse hasta el suelo se sustituía por una inclinación hasta la cintura; se alteraban algunas fórmulas del Credo; hasta el propio nombre de Jesús se veía modificado y de Isus se transformaba en Iisus.

Después de la caída de Bizancio en 1453, Moscú se había convertido en el principal centro del mundo ortodoxo. Además, Iván el Terrible se había casado en segundas nupcias con Zoe Paleóloga, sobrina del último emperador bizantino, Constantino IX, lo que en cierto modo avalaba esa idea de sucesión.

En el conflicto que desembocó en el cisma se enfrentaron dos hombres del pueblo. Tanto el patriarca Nikon (Патриа́рх Ни́кон) como el arcipreste Avvakum (Аввакýм Петро́вич) eran naturales de la región de Nizhni Nóvgorod, El temperamento duro de ambos refleja el influjo de las penurias sufridas y los obstáculos superados desde la infancia.

Nikon, nacido en 1605, era un hombre de fuerte personalidad y decisión implacable. Tras la muerte de sus hijos y la entrada de su mujer en un convento, se hizo monje y no tardó en acumular cargos y dignidades en el seno de la Iglesia. En 1648 fue nombrado metropolitano de Nóvgorod y en 1652 asumió el título de patriarca. Además, contaba con la absoluta confianza del zar. No obstante, su carácter implacable le valió la enemistad de una buena parte del clero y, al final, acabó enajenándole las simpatías del zar, alarmado por sus ambiciones y pretensiones. 

En un golpe de mano que recordaba una astucia de Iván el Terrible, Nikon se ausentó de Moscú, sin renunciar a su cargo, en un intento de acumular más poder y ascendencia sobre el soberano, pero éste, harto de sus exigencias, acabó forzando su destitución, sancionada finalmente en el Concilio de 1666.

La Vida del arcipreste Avvakum, escrita por él mismo es el testimonio más intenso y personal, quizás también el más interesante y valioso, de la literatura rusa anterior a Pushkin.  Dostoievski, Tolstói y Gorki, entre otros, declararon tener en gran estima la obra del arcipreste escrita en un lenguaje colorista y rico, que mezcla lo culto y lo popular. La Vida es una obra clave de la literatura rusa del periodo.

Avvakum, en particular, y los viejos creyentes, en general, renunciaron al uso del eslavo eclesiástico y redactaron sus obras en la lengua común del pueblo. La lengua de Avvakum es ruda, directa, exenta de figuras retóricas y deja en el ánimo del lector una sensación de frescura. Pierre Pascal, autor del estudio más completo que existe sobre Avvakum (Avvakum et les débuts du raskol), descubrió la obra en 1928 y quedó sorprendido de la pujanza y brío del estilo del arcipreste.

Durante dos siglos el texto de la Vida circuló manuscrito entre los viejos creyentes. No se pudo dar a la imprenta hasta la tardía fecha de 1861. A partir de ese momento sus admiradores han sido numerosísimos, desde Leskov y Dostoievski, hasta Mussorgski y el propio Gorki, partidario de que entrara a formar parte de los programas escolares.


Así inicia Avvakum el relato de su vida: Nací en la región de Nizhni Nóvgorod, más allá del río Kudma, en la aldea de Grigorovo. Mi padre era el pope Piotr; mi madre, María, Marfa de monja. Mi padre tenía inclinación por las bebidas alcohólicas; mi madre, por su parte, observaba ayunos y oraciones y siempre me estaba inculcando que tuviera temor de Dios. Una vez, en casa de un vecino, vi una vaca muerta. Por la noche me levanté y lloré largo rato por mi alma delante del icono, pensando en la muerte, en que también yo tendría que morir. A partir de entonces me acostumbré a rezar cada noche. Luego mi madre enviudó. Yo era aún muy pequeño cuando me quedé huérfano y nuestros parientes nos echaron. Mi madre decidió darme mujer y yo recé así a la Santa Madre de Dios: «Que mi mujer me ayude a salvarme». En mi pueblo había una muchacha, también huérfana, que no faltaba nunca a los oficios religiosos. Se llamaba Anastasia. Su padre era un herrero adinerado llamado Marko, pero después de su muerte lo habían perdido todo. Así pues, la joven vivía en la miseria y le rogaba a Dios que le permitiera unirse a mí en matrimonio. Y así fue por voluntad de Dios. Luego mi madre volvió al seno del Señor entre muestras de gran virtud. En cuanto a mí, expulsado, me trasladé a otro lugar.

Avvakum fue ordenado diácono a los veintiún años y sacerdote dos años después. Lo echaron de la diócesis que se le había confiado por sus homilías encendidas, su rechazo a todo tipo de diversiones -representaciones, recitales de juglares y, por supuesto, la bebida- y su estricta observancia de la liturgia, que preveía oficios de cuatro o cinco horas. En 1647, a los veintisiete años de edad, viajó por primera vez a Moscú, donde conoció al confesor personal del zar, Stepán Vonifatev, el más importante representante del movimiento de renovación religiosa conocido como «los amigos de Dios», así como a Iván Nerónov, y, por mediación de éstos, al propio soberano. Poco después fue nombrado arcipreste de Yurevets-Povolskoi.

En 1653 es detenido por primera vez y llevado al patio del patriarcado, desde donde, «con los brazos a la espalda», lo trasladaron al monasterio de San Andrónico. Una vez allí, lo encerraron en una celda donde pasó tres días sin comer ni beber, cumpliendo con sus oraciones. Entonces surgió ante él una figura, hombre o ángel («todavía hoy no lo sé», nos confía Avvakum). El recién llegado pronunció una oración y le obligó a sentarse. Le puso una cuchara en la mano le dio un mendrugo de pan y un poco de sopa de col y le dijo: «Ahora basta, con eso es suficiente para que te repongas». Y, acto seguido, desapareció. «Las puertas no habían sido abiertas -nos dice el arcipreste-, pero él ya no estaba.»

En 1653 lo exiliaron a Siberia con su mujer y sus hijos. En Tobolsk, capital de Siberia, permaneció de diciembre de 1653 a junio de 1655. El arcipreste llevó con resignación su exilio, aunque en su manera de pensar y actuar no era menos dogmático que sus antagonistas. Estaba en el bando de los perdedores y los perseguidos y se enfrentaba a una fuerza -la del Estado- a la que no había modo de oponerse.



En 1655 llegó la orden de que lo trasladaran a la Dauria (región remota que se extendía a lo largo de la margen izquierda del río Amur). Mis hijos eran pequeños, no había nadie que pudiera echarme una mano. Así que este pobre arcipreste construyó él solo un trineo y lo arrastró con una correa a lo largo de todo el invierno. Los otros podían servirse de perros; yo, en cambio, sólo tenía a mis dos hijos pequeños, Iván y Prokopi, que tiraban juntos del trineo como dos perrillos. Con ayuda de los niños, construimos un recinto y una choza y encendimos un fuego.

En 1658 navegaron hasta el río Ingoda donde se le murieron dos hijos de corta edad:

No eran mayores, pero eran nuestros hijos. No teníamos dónde guarecerlos. Despojados y con los pies desnudos, vagaban con los demás por los montes y los peñascos afilados, matando el hambre con hierbajos y raíces. 

En 1662 Avvakum recibió orden de regresar a la Rusia habitada. Es cuando Avvakum se entera de los avances imparables de las reformas litúrgicas y se siente abrumado por las dudas, sumido en el desánimo. Viendo su tristeza y desazón, su mujer le consuela y le interroga. Entonces Avvakum le habla en estos términos: «Esposa mía, ¿qué debo hacer? El invierno de la herejía está a las puertas. ¿Debo hablar o callar? Tengo las manos atadas por vosotros». Anastasia le conmina a seguir los dictados de su conciencia, defender sus creencias, exponer ante los hombres la verdadera fe: «Los niños y yo te bendecimos. Ten el valor de predicar la palabra de Dios como antes, no sientas pena de nosotros. Mientras Dios lo permita, viviremos juntos. Y, cuando nos separe, recuérdanos en tus oraciones». «Yo me incliné ante ella -escribe Avvakum- y, sacudiéndome de encima esa triste ceguera, volví a predicar la palabra de Dios como antes, a enseñar en las ciudades y en cualquier lugar, y también a denunciar con audacia la herejía nikoniana».

En febrero de 1664 llega de nuevo a Moscú. El zar en persona lo recibe y lo acoge con buenas palabras y aparente buena voluntad. Es evidente que procura ganarse su favor, reducir su oposición y forzar su sumisión. En esa época, Nikon ya había sido depuesto de su cargo, y Alekséi tal vez pensara que esa novedad facilitaría una reconciliación y la aceptación de las nuevas medidas. Pero para Avvakum no se trataba de una cuestión personal, sino de la alteración de unas tradiciones y usos que él consideraba inmodificables y de la imposición de otros que juzgaba pecaminosos y errados. La reconciliación se reveló tan imposible como antes, cuando Nikon dirigía los designios de la Iglesia. Llegados a ese punto, tanto las autoridades eclesiásticas como el zar procuraron acallarlo mediante la entrega de dinero en metálico, la concesión de prebendas, la escenificación de muestras de buena voluntad. Pero esas medidas conciliadoras no rindieron fruto alguno con el arcipreste. Después de guardar silencio durante un tiempo, Avvakum escribió una carta al soberano. El zar lo mandó llamar y quedaron los dos frente a frente. Se miraron en silencio largo rato y a continuación se separaron. «A partir de ese momento acabó nuestra amistad», apunta Avvakum.

Como consecuencia de esa carta, Avvakum es de nuevo exiliado, esta vez a orillas del río Mezen, en el norte, donde permanecerá hasta 1666. Ese año se celebraba en Moscú un importante Concilio, ante cuyos miembros el arcipreste tenía que presentarse. «Por la mañana me llevaron a la capilla -escribe Avvakum- y los prelados discutieron largo rato conmigo. Luego me trasladaron a la catedral, donde, después del Himno de los Querubines, en pleno oficio, me raparon la cabeza, me afeitaron la barba y me maldijeron. Yo, por mi parte, maldije a los enemigos de Dios.» Cabe recordar aquí el importante simbolismo que encerraba el rapado de la barba. Ya en 1551, durante el Concilio de los Cien Capítulos (Stoglav), celebrado en tiempos de Iván IV el Terrible, se había prohibido que los ortodoxos se cortaran el bigote y la barba, considerándose esa práctica una marca de la herejía latina. Otros de sus compañeros sufrieron peor suerte y, además de quedarse sin pelo, perdieron también la lengua. El zar Alekséi, a quien Avvakum siempre disculpa, le manda un mensaje de aliento, pero Avvakum, escarmentado por tanta persecución y encierro, se limita a recodar un pasaje de los salmos: «No pongáis vuestras esperanzas en los príncipes ni en los hijos de los hombres, porque en ellos no encontraréis la salvación». Lo llevaron al monasterio de San Nicolás de Ugresha, donde lo tuvieron preso del 15 de mayo al 3 de septiembre de 1666. Pero Avvakum no se queja; al contrario, acepta su desgracia con resignación, sometiéndose a los designios divinos: «Nuestro sufrimiento era necesario, no había modo de esquivarlo. Satanás ha obtenido de Dios la Rusia resplandeciente para empaparla con la sangre de los mártires». A continuación lo trasladaron al monasterio de San Pafnuti, «en el que me tuvieron encadenado en una celda durante casi un año». En abril de 1667 lo sacaron del monasterio y lo llevaron a Moscú, donde compareció ante el Concilio el 17 de junio de 1667. En ese Concilio, inaugurado el 1 de diciembre de 1666, se había decidido deponer a Nikon pero al mismo tiempo condenar el ritual antiguo. Los viejos creyentes ya no eran simples opositores, en cierto modo tolerados, sino cismáticos recalcitrantes, y, por tanto, a partir de ese momento serían perseguidos, acosados, exterminados.

Una vez consumada la derrota, Avvakum fue conducido al que sería su último lugar de exilio, Pustoziorsk, en el extremo Norte, donde viviría desde 1667 hasta el 4 de abril de 1682, fecha en que sería quemado en la hoguera. En cuanto a sus hijos Iván y Prokopi, fueron condenados a muerte, pero ambos se arrepintieron y lograron que la pena se les conmutara por otra acaso no menos terrible: los encerraron en un sótano oscuro y desnudo, en compañía de su madre. Cuando se enteró de la noticia, Avvakum, decepcionado, escribió: «¡Eso es lo que habéis obtenido! Una muerte sin muerte».

En abril de 1670 se leyó a los prisioneros una misiva en la que se aseguraba que sólo obtendrían el perdón del zar si se avenían a hacer la señal de la cruz con tres dedos. Como los prisioneros se negaron, les cortaron las manos y la lengua. El único que se libró del suplicio, sin duda por intervención del zar, fue el propio Avvakum. Así relata el arcipreste los hechos: Luego cogieron al pope Lazar y le cortaron la lengua entera, desde la garganta. Goteó un poco de sangre, pero luego la hemorragia cesó. En ese momento se puso a hablar incluso sin lengua. A continuación metió la mano derecha en el cepo y se la cortaron a la altura de la muñeca, y la mano cercenada, que yacía en tierra, juntó por sí sola los dedos y conformó la señal de la cruz según la tradición... Yo mismo me asombré: una cosa inanimada que obedecía a los seres animados. Habló distintamente [Lazar] por espacio de dos años, como si tuviese lengua; al cabo de ese tiempo, oh milagro, le creció otra, del mismo tamaño, aunque un poco más roma, y de nuevo volvió a hablar sin parar, alabando a Dios y vituperando a los apóstatas.

En los últimos tiempos la oposición de los viejos creyentes se había vuelto demasiado peligrosa. En 1682 llegó a Pustoziorsk la orden de que se pusiera fin a la vida de Avvakum y sus compañeros. 


Así relata Pierre Pascal los últimos instantes de la vida del arcipreste: El viernes santo, 14 de abril de 1682, en la plaza de Pustoziorsk, aún cubierta de hielo, levantaron un tosco armazón de troncos, que rodearon con brazadas de paja, ramas de abeto y cortezas de abedul. Toda la población de la triste aldea estaba presente, como mandaba el ukaz. Los condenados cantaban sus oraciones. El arcipreste había pronunciado su última bendición. Todos se habían deseado la paz. Una vez en el cadalso, levantaron la mano derecha, los dedos unidos según la tradición, al tiempo que gritaban al pueblo: «¡Ésta es la verdadera cruz y por ella morimos! ». Un arquero prendió fuego a la pira. Aún envuelto en llamas, Avvakum seguía exclamando: «Hermanos, rezad siempre con esta cruz y no moriréis. ¡Si alguna vez la abandonáis, estaréis perdidos!». Luego, una vez apagado el fuego, los curiosos se acercaron para reconocer los restos calcinados de los mártires.

Cada vez más hostigados y perseguidos, los seguidores de los viejos ritos se fueron desplazando a regiones remotas y alejadas de los centros del poder. Convencidos de que se había iniciado el reinado del Anticristo (entre otras cosas el Concilio se había celebrado en 1666 y el número de la Bestia era el 666), los fieles se dispusieron a esperar el fin del mundo, que suponían inminente e inevitable. Los miembros más exaltados e impacientes de la comunidad decidieron adelantar el momento de su muerte, pues la vida se les había vuelto insoportable en ese mundo dominado por las fuerzas del mal. Desesperados, organizaron holocaustos en masa donde perecieron, en interiores de iglesias, en piras gigantescas, entre ríos de sangre y flamear de llamas, decenas de miles de viejos creyentes. «Unos se ahogaban, otros se apuñalaban o se enterraban vivos o bien se prendían fuego -escribe Pia Pera (I vecchi credenti e l'Anticristo). En 1672 casi dos mil viejos creyentes se sacrificaron en Nizhni Nóvgorod. Entre 1675 y 1691 se inmolaron cerca de veintiún mil viejos creyentes».

Pero va pasando el tiempo y el fin del mundo no llega. Y a los seguidores de la vieja fe se le plantean complicaciones y contratiempos insolubles. A las pocas décadas de la muerte de Avvakum, los cismáticos se quedaron sin sacerdotes que hubieran sido ordenados de acuerdo con el rito tradicional. ¿Cómo administrar, entonces, los sacramentos?. No podían recurrir a los sacerdotes y obispos ordenados después de las reformas nikonianas, pues eran seguidores del Anticristo, ministros de las fuerzas oscuras. Los desafíos propiciados a una congregación de fieles sin pastor produjeron una escisión en las filas de los viejos creyentes, que a su vez fue origen de las decenas de sectas en que acabó pulverizándose el movimiento cismático. Una parte de los viejos creyentes decidió, al fin, recurrir a sacerdotes que hubieran renegado de las reformas litúrgicas o llamar a religiosos ordenados en otras tierras. Son los llamados «sacerdotales» (popovtsi). Los que decidieron organizar la vida de la comunidad sin ningún tipo de jerarquía eclesiástica se conocen como «asacerdotales» (bezpopovtsi).

Así describe Pierre Pascal, después de visitar una capilla de asacerdotales, la desesperada situación de los seguidores del rito antiguo:

Toda alma cristiana debe amar ese olvido del mundo, esa armonía entre hombres, lugares y cantos, esa seriedad, esos escrúpulos de fidelidad, esa aparente verdad integral. ¡He ahí la auténtica Iglesia rusa! Pero detrás del iconostasio no hay altar, el lugar santo está vacío. Se recitan las horas, ¡pero jamás se celebra misa! Y sin embargo, estas personas no son protestantes, que niegan la transustanciación y declaran que pueden prescindir de los sacerdotes, comulgar directamente con Dios. Al contrario, creen necesario el sacerdocio. Pero ni lo tienen ni pueden tenerlo: han perdido la gracia. Y así, esperan como buenamente pueden, con soluciones imperfectas, el fin del mundo. ¿Cabe mayor desesperación?.

Las persecuciones de que fueron objeto los viejos creyentes no se mitigaron un tanto hasta los tiempos de Pedro el Grande. No es que el poderoso zar sintiese simpatía por su causa -al contrario, su desprecio era infinito-, pero con su proverbial espíritu pragmático descubrió que podían ser una cuantiosa fuente de ingresos. Como el resto de la población, debían pagar un impuesto por llevar barba; pero, además, estaban sujetos a una doble imposición. Con eso no acababa la discriminación: no podían ejercer ninguna función pública ni testificar contra los ortodoxos, debían llevar un traje ridículo, con un cuadrado rojo orlado de amarillo a la espalda, y estaban obligados a entregar un tributo con ocasión de cada nacimiento, boda o entierro, así como a denunciar a todos sus correligionarios no registrados.

También con Catalina II los viejos creyentes disfrutaron de cierta tolerancia, pero la situación volvió a empeorar a principios del siglo XIX, con la subida al trono de Nicolás I.

Según las cifras proporcionadas por Geoffry Hosking en Russia: People and Empire, «a principios del siglo XX, unos doscientos cincuenta años después del inicio del cisma, los viejos creyentes contaban con diez o doce millones de seguidores, es decir, entre una quinta y una cuarta parte de todos los rusos adultos».

Con la llegada de tiempos más favorables y la toma de medidas más conciliadoras por parte de las autoridades civiles -no de las eclesiásticas-, algunos acabaron fundando importantes estirpes de comerciantes y agricultores ricos, cuyos vástagos dedicaron gran parte de su tiempo y de su fortuna a reunir importantes colecciones de arte.

Para Rusia las consecuencias del cisma fueron graves y diversas, y terminaron afectando no sólo a los cismáticos, sino al conjunto de la población. Con el paso del tiempo la brecha que separaba a las clases populares de las capas educadas, a los campesinos incultos de las poblaciones urbanas, fue haciéndose cada vez más profunda, y acabó cristalizando, ya en pleno siglo XIX, en esa división de las elites intelectuales entre occidentalistas y eslavófilos. Como comenta con acierto Pierre Pascal: «Después de Nikon, Rusia ya no tiene Iglesia. Tiene una religión de Estado. De ahí a la religión del Estado no hay más que un paso. La religión del Estado ha sido instaurada por el poder que en 1917 ha sucedido al imperio».


MAG/27.02.2015